The Crown (Temporada 4, 2020). La tríada femenina.

La cuarta temporada de The Crown se distancia de las tres anteriores de la misma forma que se aleja del discurso oficial. Casi por primera vez en su ambicioso proyecto narrativo, The Crown desliza la mirada y se vuelve más crítica que nunca (aunque sea de manera edulcorada). En esta ocasión, a pesar de ser la reina el epicentro de lo acontecido y personalidad en la que todo confluye, como punto de fuga, adquiere relevancia dentro del triángulo que conforma con respecto a Margaret Thatcher (Gillian Anderson) y Diana de Gales (Emma Corrin), las verdaderas estrellas del firmamento inglés de los ochenta. El trabajo de reencarnación de ambas actrices (lo de Olivia Colman es inclasificable) es espectacular, sobrecogedor y la contraposición de ambas en las escenas que comparten con la reina da lugar a imágenes que hasta ahora sólo habían podido ver las majestuosas paredes del Palacio de Buckingham.

Gillian, a través de voz rasgada y gestos pesados que hablan de una persona mucho más mayor y cansada de lo que reloj biológico indica, da vida a la temida figura de la dama de hierro (teniendo como antecesora nada más y nada menos que a Meryl Streep en dicho papel), la mujer que constituyó un mito en sí misma al proclamarse la primera ministra británica reproduciendo las peores formas de hacer masculinas manteniendo el origen imperialista inglés y anteponiendo la economía a las necesarias reformas sociales. Una mujer de procedencia humilde que tocó techo y, aun así, por esos mandatos de géneros que tan asumidos tenía, se veía obligada a preparar el almuerzo del gabinete mientras el resto miembros (asignados por ella) debatían las cuestiones importantes. “Antes madre que ministra” según ella misma declaró. No obstante, la figura de Thatcher se presenta compleja, preocupada en levantar una imagen que justificara su posición a mando del país (de ahí los constantes planos de ella construyéndose frente al espejo concienzudamente) y por definirse en contraposición a toda la vieja tradición que representaba la reina, algo que se comprueba a la perfección en el capítulo en el que la primera ministra asiste con horror a las actividades y holgazanería de la jefa de Estado mientras en el país crecía la tasa de paro (así se lo explica un pobre parado a la misma reina en su asalto a los aposentos reales) y el pueblo necesitaba más que nunca ser escuchado.


La antítesis al oscurantismo y hermetismo de Thatcher se encuentra en la luz cegadora de Diana. El trabajo de Emma realmente es abrumador. Hay planos en los que parece ser la misma Lady Di la que desfila en la pantalla ya que es capaz de captar la mirada tímida y la inocencia de la que era una niña cuando puso un pie por primera vez en lo que resultaría ser un verdadero campo minado. Diana era la juventud, la renovación, el aire fresco que entró al polvoroso y ajado palacio sobre patines iluminando cada rincón destartalado. Pero desde muy pronto la sombra de la tradición, así como trastornos que el entorno induciría, se filtró sobre ella en un intento por apagar su incandescencia. Juzgada como a un trofeo, aislada y abandonada por el príncipe y el resto de familia real, infravalorada y rechazada directamente por la gélida reina, Diana se enfrentará a la realidad desde muy pronto, lo que no impedirá que su carácter rebelde y carismático la empequeñezca más de lo debido ya que de puertas a fuera fue el miembro de la familia real más querido (de ahí las imágenes de la gira por Australia y Nueva York). Diana fue el ciervo primero herido que intentó una y otra vez salir adelante pero no contó con que la perseguían los cazadores más curtidos, los que anunciarían su fractura (a través de la rotura en plano detalle del pico de la princesa Ana en la comida). Pero a diferencia de la cabeza del ciervo, la memoria de Diana no es propiedad real, su rica herencia es pública.


A rasgos generales, la cuarta temporada sigue avanzado la narración de la genealogía de la familia real actual, respetando el tempo antes empleado en las entregas anteriores, desarrollando algunos hitos de la década de los ochenta en Inglaterra (conflicto de las islas Malvinas en Argentina, el “apartheid” y la Commenwealth) en paralelo a conflictos personales de los miembros de la propia familia que sigue haciendo gala de hipocresía, cinismo y mezquindad (como se comprueba en el capítulo dedicado a las primas ingresadas en centros psiquiátricos). Siguen sin aprender las lecciones del pasado reciente, aunque sí aparece cierta maduración o autoconciencia materializada en los continuos planos en los que cada uno de ellos se observa en los múltiples espejos que decoran esta temporada. Una temporada de apariencias, de fulgores, que pone de relieve las continuos achaques de una monarquía a la que cada vez le resulta más difícil adaptarse a los nuevos tiempos. Parece mentira.

Comentarios